sábado, 14 de agosto de 2010

"El sur", de Jorge Luis Borges

Este análisis es un trabajo que hice para una de las materias de la carrera de Letras. Consistió en elegir una posible lectura de algún cuento de Ficciones, del insuperable Jorge Luis Borges, y argumentar la interpretación con el texto. Yo elegí "El Sur" porque me fascinan las historias en las que los sueños se entremezclan con la realidad o aquellas en las que los sueños tienen un papel fundamental. Si no leyeron el cuento, ¡bájenselo y léanlo! Es excelente, maravilloso, perfecto, ¡no se van a arrepentir! ^^

[Para "hacerles un favor" a los estudiantes que tengan que hacer este trabajo los años siguientes, quité las citas bibliográficas. Sé que no corresponde mostrar un texto como este sin citas, pero, sinceramente, no quiero que ningún inocente llegue al blog, copie/pegue mi análisis y se arriesgue a que le suspendan el parcial, le pongan una multa o lo echen de la carrara. (Y no es broma; cuando cursé el CBC, una chica presentó un trabajo bajado de Internet y la profesora dijo "vamos a ver si te ponen una multa o te rajan de la Facultad").]



ANÁLISIS DE "EL SUR", DE JORGE LUIS BORGES




"El Sur", publicado en 1944 en Artificios, la segunda parte del libro Ficciones, se caracteriza por la posibilidad de ofrecer interpretaciones múltiples. Atendiendo a la caracterización de elementos y personajes, las acciones, la elección de los verbos y la ambigüedad y la plurivalencia que caracteriza al lenguaje literario, este análisis compondrá una de las posibles lecturas que, como las bifurcaciones de un laberinto, se pueden elegir o seguir a la hora de su lectura.


El protagonista del cuento es un hombre llamado Juan Dahlmann, secretario de una biblioteca municipal de Buenos Aires, quien sufre un accidente que lo lleva a padecer una grave septicemia.


El narrador, desde la tercera persona omnisciente, presenta al protagonista como un hombre solitario con inquietudes intelectuales, que lleva una vida sencilla y monótona. Asimismo, hace hincapié en su profundo nacionalismo, impulsado por ser nieto (por parte de su madre) de un soldado caído en batalla. De esta manera, Dahlmann elige para sí mismo la identidad heredada por vía materna. Paradójicamente, el narrador transmite que esta elección del protagonista no es llevada totalmente a la práctica; Dahlmann es un hombre intelectual, sedentario y y de vida tranquila, como debió de serla la de su abuelo alemán, un pastor de la Iglesia evangélica que llegó a la Argentina en el año 1871. Esta contradicción tendrá un gran peso a lo largo de toda la historia y será el principal desencadenante del final, siendo uno de los datos más importantes a la hora de analizar el cuento.


En primer lugar, es este afán intelectual que contradice su elección (y que de algún modo la traiciona) lo que lleva al protagonista a la enfermedad: ansioso por examinar un viejo ejemplar de Las Mil y Una Noches que acaba de conseguir (y que lo acompañará durante el desenlace), decide subir hasta su casa por las escaleras en vez de esperar el ascensor (una decisión exagerada, impulsiva, que roza la infantilidad) y en el trayecto se hiere la frente. Cabe destacar que el libro que Dahlmann ha comprado no está en español: se trata de una traducción alemana del texto árabe, compuesta por el orientalista germano Gustav Weil. Sin duda alguna, este dato, que el narrador comenta casi como una curiosidad, adquiere en la historia un significado especial: es esta “traición” lo que arrastra a Juan Dahlmann a la enfermedad y a la muerte, y que lo aleja, en varios momentos de la historia, de la estancia de los Flores, el símbolo material de su patriotismo.


Como consecuencia de su avidez por examinar este libro, Juan Dahlmann cae enfermo y es trasladado a un sanatorio de la calle Ecuador. En este momento, la historia se bifurca y las interpretaciones se multiplican. Siguiendo fielmente el orden de los hechos (y desatendiendo los elementos que sugerirían lecturas alternativas), Juan Dahlmann se recupera de su enfermedad y viaja al Sur, donde se involucra en una pelea y muere (o no). En este trabajo se intentará demostrar lo contrario: Dahlmann jamás se recupera de la septicemia y, en su agonía, sueña la muerte heroica que le habría gustado tener.


¿Cuándo comienza la agonía del protagonista? Dados los hechos como los presenta el narrador, resulta difícil determinarlo. Puede concluirse que la agonía se inicia 1) luego de que el hombre enmascarado le clava la aguja en el brazo, es decir, durante la operación o 2) en algún momento indeterminado, antes o después de que el cirujano lo pone al tanto de su situación.

1) “Lo desvistieron; le raparon la cabeza, lo sujetaron con metales a una camilla, lo iluminaron hasta la ceguera y el vértigo, lo auscultaron y un hombre enmascarado le clavó una aguja en el brazo. [Comienzo de la agonía]. Se despertó con náuseas, vendado, en una celda que tenía algo de pozo y, en los días y noches que siguieron a la operación pudo entender que apenas había estado, hasta entonces, en un arrabal del infierno”.

Si se toma la operación como el comienzo de la agonía, Juan Dahlmann jamás despierta y los hechos consecuentes (las curaciones, las palabras del cirujano, el llanto y la misma naturaleza de su enfermedad) deben ser, obligatoriamente, también sujetos a un análisis. Pueden formar parte ya de ese sueño que acabará en el Sur o simplemente ocurrir en la realidad, fuera de la mente del protagonista, y ser percibidos por él desde su estado agonizante.

El sueño comienza (en un momento u otro) y Juan Dahlmann siente pena de sí mismo, de la muerte absurda que el destino le ha deparado, una muerte para nada heroica ni romántica, como la de su abuelo materno:

“Dahlmann minuciosamente se odió; odió su identidad, sus necesidades corporales, su humillación, la barba que le erizaba la cara. Sufrió con estoicismo las curaciones, que eran muy dolorosas, pero cuando el cirujano le dijo que había estado a punto de morir de una septicemia, Dahlmann se echó a llorar, condolido de su destino”.

De esta forma, el protagonista comprende que no puede exigirle al destino una muerte que no merece. Él tan solo ha sido empleado en una biblioteca (un sitio tranquilo, silencioso, símbolo de erudición) y morir de septicemia en el sanatorio de la calle Ecuador es una muerte acorde a la vida que ha llevado. Dahlmann, dividido por el “ecuador” de sus linajes, soporta el dolor físico que le inflingen las curaciones, pero se echa a llorar con las palabras del cirujano, que le parecen una humillación; odia la barba de su cara, pero atesora el daguerrotipo del hombre barbado que fue su abuelo materno.

A partir de entonces, el lector puede advertir la ambigüedad de los hechos que se van sucediendo: todo está cubierto por una densa niebla de ensueño, que empaña el éxodo de Juan Dahlmann a su estancia del Sur:

“La ciudad, a las siete de la mañana, no había perdido ese aire de casa vieja que le infunde la noche; las calles eran como largos zaguanes, las plazas como patios. Dahlmann la reconocía con felicidad y con un principio de vértigo; unos segundos antes de que las registraran sus ojos, recordaba las esquinas, las carteleras, las modestas diferencias de Buenos Aires. En la luz amarilla del nuevo día, todas las cosas regresaban a él”.

Las sensaciones que experimenta el protagonista pueden ser interpretadas como los efectos de la enfermedad, la medicación, la agonía, la muerte que se aproxima. Sus percepciones se vuelven extrañas y sus emociones se exaltan con ellas. Dahlmann atraviesa una galería de sueños y pasa de uno a otro arrastrado por una fuerza de sobresalto:

“En el hall de la estación advirtió que faltaban treinta minutos. Recordó bruscamente que en un café de la calle Brasil (a pocos metros de la casa de Yrigoyen) había un enorme gato que se dejaba acariciar por la gente, como una divinidad desdeñosa. Entró. Ahí estaba el gato, dormido. Pidió una taza de café, la endulzó lentamente, la probó (ese placer le había sido vedado en la clínica) y pensó, mientras alisaba el negro pelaje, que aquel contacto era ilusorio y que estaban como separados por un cristal, porque el hombre vive en el tiempo, en la sucesión, y el mágico animal, en la actualidad, en la eternidad del instante.”

La sensación de extrañamiento se ve, a su vez, aumentada por la elección de palabras como “divinidad”, “ilusorio”, “cristal”, “mágico”, “eternidad”. Este episodio puede interpretarse como el pasaje de un sueño a otro, un sueño que forma parte de un sueño mayor donde el tiempo transcurre con sus propias reglas y la media hora que Dahlmann utiliza para tomar un café jamás transcurriría por completo; en vez de aguardar ansiosamente la llegada del tren (el transporte que lo dejará en su anhelada estancia), el protagonista, despreocupado, decide ir al café de la calle Brasil a acariciar un gato que resulta estar dormido.

En este punto de la historia, el lector se encuentra con un vacío narrativo: ¿terminó Juan Dahlmann de tomar su café? ¿Lo pagó? ¿Qué le ocurrió camino a la estación? El protagonista se encuentra en el café; un instante después, sube al tren y recorre los vagones. Este vacío representaría, como en el episodio anterior, el salto de un sueño a otro en esa gran densidad onírica que el protagonista está atravesando.

¿Sabe Dalhmann que está soñando y, al mismo tiempo, agonizando? La frase “pensó (…) que aquel contacto era ilusorio” podría indicar que es posible o que tal vez lo sospecha. Ya durante el viaje, el protagonista se negará a escuchar la explicación del inspector de porqué el tren no lo dejará en la estación de siempre. El narrador responde la pregunta del lector (¿Por qué Dahlmann no le presta atención al inspector?) diciendo que al protagonista “no le importa el mecanismo de los hechos”. Nuevamente, esta respuesta se prestaría a otra pregunta: ¿por qué a Dahlmann no le interesa el mecanismo de los hechos? Una posible respuesta es que su despreocupación se debe a que estos hechos se encuentran fuera de su control, como ocurre en los sueños, y que le sería imposible ir en contra de ellos.

Lo primero que hace el protagonista cuando se acomoda en su asiento del tren es buscar su ejemplar en alemán de Las Mil y Una Noches. Lo hace “tras alguna vacilación”. Sin duda, y esto es expresado por el narrador, el libro le devuelve a la memoria todo lo que ha sufrido. Sin embargo, Dahlmann comprende que no puede leer y desdeñar el paisaje que se le ofrece a través de la ventanilla.

En el tren, el narrador le ofrece por primera vez al lector, en la forma de una sensación de la psiquis exaltada de un convaleciente, tomar el viaje al Sur como un viaje real y verdadero o como un sueño que se despliega en la mente del Dahlmann que agoniza:

“Mañana me despertaré en la estancia, pensaba, y era como si a un tiempo fuera dos hombres: el que avanzaba por el día otoñal y por la geografía de la patria, y el otro, encarcelado en un sanatorio y sujeto a metódicas servidumbres”.

En términos formales, el párrafo está construido en Pretérito Imperfecto. El uso de un tiempo verbal de aspecto imperfectivo marca una acción que se está desarrollando y que no acaba de concluir. De esta manera, el narrador construye mediante la elección de los verbos el contexto del “laberinto temporal” donde transcurre el sueño de Dahlmann:

“Vio casas de ladrillo sin revocar, esquinadas y largas, infinitamente mirando pasar los trenes; vio jinetes en los terrosos caminos; vio zanjas y lagunas y hacienda; vio largas nubes luminosas que parecían de mármol, y todas estas cosas eran casuales, como sueños de la llanura. También creyó reconocer árboles y sembrados que no hubiera podido nombrar, porque su directo conocimiento de la campaña era harto inferior a su conocimiento nostálgico y literario. Alguna vez durmió y en sus sueños estaba el ímpetu del tren.”

El narrador describe lo que Juan Dahlmann contempla a través de la ventanilla, pero todo lo que ve forma parte de un gran conjunto de cosas, nada está determinado, nada es específico: casas, jinetes, zanjas y nubes que al protagonista le resultan tan irreales como un sueño. Dahlmann “cree reconocer árboles y sembrados”, no está seguro de lo que observa; luego, el narrador expresa que “alguna vez durmió”, manteniendo la indeterminación del momento mediante el uso del determinante indefinido alguna, que a su vez le aporta significado de distancia temporal.

En este momento de la narración se observa un nuevo vacío en la historia: el tiempo ha pasado y la noche se acerca:

“Ya el blanco sol intolerable de las doce del día era el sol amarillo que precede al anochecer y no tardaría en ser rojo. También el coche era distinto; no era el que fue en Constitución, al dejar el andén: la llanura y las horas lo habían atravesado y transfigurado (…). Todo era vasto, pero al mismo tiempo era íntimo y, de alguna manera, secreto. (…) La soledad era perfecta y tal vez hostil, y Dahlmann pudo sospechar que viajaba al pasado y no sólo al Sur”.

Dahlmann “puede sospechar” que viaja al pasado. Esta curiosa perífrasis verbal podría parafrasearse como “logra sospechar”, “es capaz de sospechar”. ¿Por qué Dahlmann logra sospechar y no simplemente sospecha? Si el protagonista se encuentra dentro de un sueño, la frase cobra más sentido del que tendría en una interpretación lineal del cuento. Pero no es la perífrases verbal el elemento más interesante del párrafo. Independientemente del pasado al que se refiera el narrador, que resultaría imposible de determinar (¿Un pasado histórico? ¿Los anteriores viajes a la estancia?), al protagonista el paisaje le resulta vasto, íntimo y secreto. En síntesis: ¿qué puede ser más íntimo y secreto que un sueño?

En este punto de la historia ocurre lo que ya se ha mencionado: el inspector le dice a Dahlmann que el tren lo dejará en una estación anterior que apenas conoce. De esta forma, se retrasa la llegada a la estancia; un tópico común en los sueños: jamás arribar al destino propuesto.

La llegada se retrasa de nuevo cuando el jefe de la estación le comunica al protagonista que no tienen ningún vehículo disponible: Juan Dahlmann se encuentra en una estación que es “poco más que un andén con un cobertizo”, en medio del campo, rodeada de llanura. Dados los hechos, decide caminar hasta el almacén donde tendrá lugar el desenlace; cuando llega, el lugar le parece sacado de una vieja edición de Pablo y Virginia y, cosa que es aún más extraña, cree reconocer al patrón, que resulta ser parecido a uno de los empleados del sanatorio. En su sueño, el protagonista rellena los vacíos con elementos que permanecen en sus recuerdos: desde el tren observa siempre las mismas casas, el almacén se asemeja al grabado en acero de un libro, el patrón se parece a un empleado de la clínica.

La llegada a la estancia se retrasa por tercera vez: Dahlmann decide cenar en el almacén mientras el patrón prepara el carro. Este es el único episodio del cuento en el que el narrador registra los personajes con los que el protagonista interactúa explícita y directamente; si bien el relato menciona al cirujano, al inspector, al jefe de la estación, en la última escena se concentran todos los personajes que participarán en el desenlace. Éstos son el dueño del almacén, los tres hombres que comen en una de las mesas (uno de ellos será el que retará al protagonista a pelear) y el viejo gaucho que le tira a Dahlmann la daga.

Mientras Dahlmann come, los hombres de la mesa contigua le lanzan una bolita de miga de pan. Él decide no hacerles caso y abre el libro de Las Mil y Una Noches. El narrador no menciona si lo saca de la valija o si lo lleva en un bolsillo: la primera y última vez que hace referencia al equipaje del protagonista ha sido cuando éste sube al tren, como si Dahlmann lo hubiera olvidado y el libro apareciera de la nada. Cuando la segunda bolita de miga lo alcanza, el protagonista resuelve salir del almacén. Pero algo se lo impide: el patrón lo llama por su apellido y, como si sus acciones hubiesen revelado lo contrario, le pide a Dahlmann que no les haga caso a los hombres que lo molestaron, cuando éste claramente ha decidido hacer precisamente eso:

“Resolvió salir; ya estaba de pie cuando el patrón se le acercó y lo exhortó conxvozxalarmada:-Señor Dahlmann, no les haga caso a esos mozos, que están medio alegres.Dahlmann no se extrañó de que el otro, ahora, lo conociera, pero sintió que estas palabras conciliadoras agravaban, de hecho, la situación”.

Dahlmann no se extraña de que el patrón sepa su nombre, cosa que, a su vez, extraña al lector (¿sabe el protagonista que está soñando?). Ante este hecho (que el patrón sepa su identidad), Dahlmann decide enfrentarse con los peones y uno de ellos, el de rasgos achinados, lo insulta y lo reta a pelear.

Nuevamente, el patrón del almacén incita la lucha: ha impedido que Dahlmann se vaya y objeta que éste no tiene ningún arma con la que defenderse. Entonces, el gaucho que se encuentra sentado en el suelo le lanza a Dahlmann la daga:

“En ese punto, algo imprevisible ocurrió. Desde un rincón el viejo gaucho estático, en el que Dahlmann vio una cifra del Sur (del Sur que era suyo), le tiró una daga desnuda que vino a caer a sus pies. Era como si el Sur hubiera resuelto que Dahlmann aceptara el duelo."

Tomando al pie de la letra las sensaciones del protagonista, el viejo gaucho representa en el sueño al Sur y, a la vez, el patriotismo que Dahlmann practica pasivamente: “un estuche con el daguerrotipo de un hombre inexpresivo y barbado, una vieja espada, la dicha y el coraje de ciertas músicas, el hábito de estrofas del Martín Fierro”. En su agonía, el gaucho le ofrece a Juan Dahlmann una muerte romántica como la de su abuelo materno, pero el hecho resulta casi una burla: Dahlmann peleará a muerte con un peón borracho, por un motivo del que jamás se enterará, utilizando un arma que ni siquiera sabe manejar correctamente.

En el penúltimo párrafo del cuento, el narrador exterioriza lo que el protagonista siente al momento de aceptar el duelo:

“Salieron, y si en Dahlmann no había esperanza, tampoco había temor. Sintió, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para él, una felicidad y una fiesta, en la primera noche del sanatorio, cuando le clavaron la aguja. Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado.”

La última frase es decisiva: interpela al lector para que decida si tomará el viaje como un sueño o como un viaje real. Dahlmann se entrega a la muerte anhelada sabiendo que por sólo tener la mitad de su sangre argentina y haber llevado la vida de un bibliotecario, no merece una muerte como la de su abuelo, que pereció en manos de los indios.

Finalmente, la última frase del cuento produce un quiebre temporal: está construida en presente, cuando el resto de la historia ha sido narrada en pretérito. Tratándose de un sueño, el narrador mismo confunde los tiempos, los utiliza a favor de ese laberinto temporal que el protagonista ha atravesado desde el momento en que comenzó a agonizar y del que sólo podrá salir en el instante de su muerte.

2 comentarios:

alvaro dijo...

por que juan dalma sueña con dejar la cuidad de B.s A.s para ir al sur de su miñez

Waltgarcia15@hotmail.com dijo...

Quisiera saber el espasio y tiempo en la que se desarrolla el cuento que por sierto es genial! Besos.